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Defender lo nuestro no es cerrar fronteras

  • Foto del escritor: Cristina Fdez Rojo
    Cristina Fdez Rojo
  • hace 4 días
  • 3 min de lectura

Hubo un tiempo en el que Cataluña estuvo entre la espada y la pared y, como suele pasar cuando la política se desborda, a algunos se les ocurrió que la solución era boicotear los productos catalanes. Recuerdo que alguien me lo dijo convencido, como si fuera la respuesta lógica. La mía fue inmediata y rotunda: no.

No, porque detrás de cada marca hay personas. Personas que trabajan, que sacan adelante a sus familias y que, en muchos casos, ni siquiera viven en Cataluña. Muchas empresas catalanas tienen fábricas en Andalucía, y un boicot habría supuesto dejar a mucha gente sin empleo. Y yo no juego con el pan de nadie. Nunca lo he hecho ni pienso hacerlo.

Además, hay algo que tengo claro desde siempre: intento comprar productos andaluces siempre que puedo. No por rechazo a lo de fuera, sino por convicción. Porque soy andaluza y creo que apoyar lo nuestro es una forma honesta de sostener nuestra tierra, nuestro empleo y nuestra gente.

No soy experta en agricultura ni en ganadería. Tampoco entiendo de tratados comerciales ni de Mercosur. No hablo desde los datos ni desde los despachos, hablo desde la preocupación. Desde lo que leo, lo que escucho y lo que veo. Y, sinceramente, tengo la sensación de que el rumbo que se está tomando nos va a perjudicar, y mucho.

Siempre que el campo levanta la voz aparece el mismo comentario: “el campo siempre protesta”, “nunca está conforme”. Como si pedir condiciones dignas fuera una manía o una costumbre. Pero la realidad es que el campo lleva años soportando precios ridículos por sus productos, costes de producción cada vez más altos y exigencias sanitarias y medioambientales muy estrictas. Y ahora, además, se le pide que compita con productos que vienen de fuera en condiciones que no siempre son las mismas.

No basta con pagar poco por producir. No basta con apretar al agricultor y al ganadero hasta el límite. Ahora, encima, parece que vamos a traer alimentos del exterior para poder exportar coches y otros productos industriales. Y yo me hago una pregunta muy sencilla:

¿es que nuestra fruta, nuestra carne, nuestras verduras no son buenas?

Porque lo son. Y mucho. Tenemos calidad, tenemos tradición, tenemos conocimiento y tenemos gente que se deja la piel en el campo. Entonces, ¿por qué consumir de fuera lo que aquí tenemos de sobra? ¿Por qué dar la espalda a nuestros agricultores y ganaderos mientras llenamos los mercados de productos que recorren miles de kilómetros para llegar a nuestra mesa?

Y hay algo que me preocupa todavía más: los controles de calidad. Aquí se exige mucho —y me parece bien—, pero no siempre está claro que los productos que entran de fuera cumplan los mismos estándares. Si permitimos que lleguen alimentos con menos controles, con normas más laxas o con condiciones laborales peores, no solo estamos perjudicando a nuestro campo, también estamos engañando al consumidor.

Si esto es así —que no lo afirmo con rotundidad porque no tengo todos los datos—, conmigo que no cuenten.

Yo la fruta y la verdura seguiré comprándolas aquí. Si no son andaluzas o españolas, no las quiero.

La carne y el pescado los quiero de aquí, de nuestras carnicerías, de nuestras lonjas, de nuestra gente. Si no, conmigo que no cuenten.

No es rechazo al mundo ni miedo a lo extranjero. Es sentido común. Es coherencia. Es entender que la soberanía alimentaria, el empleo rural y la calidad de lo que comemos importan. Que el campo no es un estorbo, sino un pilar.

Vuelvo a repetirlo: no soy experta. Pero hay cosas que no necesitan títulos para entenderse. Y una de ellas es que defender nuestra agricultura y nuestra ganadería no es un capricho ni una protesta vacía: es un derecho y una necesidad.

Porque sin campo no hay comida. Y sin comida, no hay futuro.

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