top of page

Andalucía Arde Mientras el Campo espera Respuestas

Actualizado: 10 ago

Cada verano volvemos a vivir la misma pesadilla. Andalucía arde. Cambian los nombres de los pueblos, cambian las familias que lloran a los suyos, pero el resultado es siempre el mismo: montes calcinados, vidas rotas y un sinfín de explicaciones cuando el daño ya está hecho.

No sé qué ocurrió exactamente en el incendio de Los Gallardos. La investigación dirá qué pasó y habrá que respetar sus conclusiones. Pero hay algo que me cuesta aceptar: que, una vez más, el debate termine centrándose únicamente en si unas personas tomaron el camino equivocado o si actuaron con imprudencia.

¿Y la prevención? ¿Y el cuidado del monte? ¿De verdad podemos decir que nuestros montes están en las condiciones que deberían? Quienes vivimos el mundo rural sabemos que queda mucho trabajo por hacer.

¿Para qué sirven tantos planes de emergencia, protocolos y documentos si después no se destinan los recursos suficientes para cuidar el territorio? Los planes son necesarios y el Plan Infoca es imprescindible. Sus profesionales se juegan la vida cada verano para proteger a personas, viviendas y nuestro patrimonio natural. Son auténticos héroes, pero no se les puede pedir que solucionen con agua, esfuerzo y valentía lo que durante años no se ha prevenido.

Proteger la naturaleza no significa abandonarla. Un monte cuidado también es naturaleza. Recuperar el pastoreo, apoyar a ganaderos y agricultores, mantener limpios los montes, los pastos públicos, las dehesas y los caminos forestales es también conservar el medio ambiente. La naturaleza necesita equilibrio, no abandono.

Da la sensación de que cada vez se exige más al mundo rural y, al mismo tiempo, se le escucha menos. A quienes viven del campo se les imponen normas, restricciones y burocracia, mientras la prevención sigue sin ocupar el lugar que merece. Después llega el verano, llegan las llamas y vuelven las mismas explicaciones.

Después de publicar una primera reflexión sobre todo esto, decidí enseñársela a una de esas personas que saben de lo que hablan, de esas que enseñan con el corazón y hablan más claro que el agua. Alguien que sabe lo que es un gran incendio porque los ha vivido, porque los ha trabajado y porque todavía se le pone la piel de gallina cada vez que el monte vuelve a arder.

Le pregunté qué le faltaba al artículo y me respondió algo muy sencillo: “Está muy bien, pero le falta lo más importante: la conciencia ciudadana. ¿Dónde la dejas?”. Y tenía razón.

Porque resulta muy fácil señalar hacia arriba. Es fácil hablar de la Administración, de los ayuntamientos, de los planes que no se cumplen, de los recursos que no llegan, de los montes que no se limpian o de las decisiones que se toman demasiado tarde.

Y sí, las administraciones tienen una enorme responsabilidad. Los ayuntamientos y los organismos competentes tienen que vigilar más, prevenir más y mantener aquello que es de su competencia. Hay que invertir en gestión forestal, escuchar a quienes conocen el territorio y actuar antes de que llegue el verano.

Pero hay una responsabilidad que no podemos obviar: la nuestra.

Ganaderos y agricultores llevan años denunciando dificultades. A veces porque las administraciones no se ponen de acuerdo con ellos, otras porque la burocracia hace imposible determinadas labores y otras, sencillamente, porque el campo se está abandonando.

Como me dijo alguien una vez, el campo se abandona porque cambian los tiempos. Ya no existe el relevo generacional de antes. Ser agricultor o ganadero cuesta muchísimo. Cada vez hay menos personas dispuestas o capaces de continuar determinadas actividades y, cuando desaparecen esas actividades, también desaparece una forma de gestionar el territorio.

Habrá que buscar soluciones. Yo tengo claro que alguna solución existe y que habrá que afrontarla de una vez, pero no podemos seguir haciendo como si el abandono del campo no tuviera consecuencias. Porque un paisaje abandonado es un monte mal gestionado.

Y aquí aparece la otra parte del problema: nosotros.

Ya lo decía aquel anuncio que muchos recordamos de los años 80: todos contra el fuego. Y todos significa todos.

No me vale que toda la culpa sea de las administraciones mientras los ganaderos están hasta el cuello, los agricultores intentando sobrevivir, los ecologistas quejándose y el resto mirando desde la barrera como si aquello no fuera con nosotros.

Las cabras, al monte, pero las cunetas, limpias, señores.

Porque quienes vivimos en zonas rurales no solamente vemos el pasto o la vegetación que una administración no ha limpiado. También vemos bolsas tiradas en mitad de un sendero, latas, botellas y residuos abandonados. Vemos señales rotas, mobiliario destrozado, caminos deteriorados y actos de vandalismo.

Y eso no siempre lo hace una administración. Eso muchas veces lo hacemos nosotros.

Nos encanta decir que amamos la naturaleza, pero la realidad es que demasiadas veces no la cuidamos ni la respetamos. Para muchos, el monte se ha convertido en un decorado, un lugar al que ir un domingo, hacerse una fotografía, caminar unas horas y marcharse.

Pero el monte no es un decorado. Es territorio, es trabajo, es historia, es biodiversidad, es alimento, es economía rural, es equilibrio y también es responsabilidad.

Tampoco denunciamos suficientemente cuando vemos comportamientos irresponsables. Vemos algo mal hecho y miramos hacia otro lado. Pensamos que no es asunto nuestro. Sí lo es. Porque después pasa lo que pasa.

Si vemos basura, actos vandálicos, comportamientos peligrosos o acciones que pueden poner en riesgo un espacio natural, también tenemos la obligación moral de actuar, avisar o denunciar.

No podemos exigir únicamente. También tenemos que participar.

Si no tenemos medios, reclamémoslos. Si faltan recursos, exijámoslos. Si la Administración no cumple, pidamos responsabilidades. Pero primero vamos a tomarnos en serio nuestra propia responsabilidad.

Vamos a cuidar nuestros caminos y nuestras cunetas. Vamos a respetar nuestros montes. Vamos a dejar de tirar basura. Vamos a denunciar el vandalismo. Vamos a educar a nuestros hijos en el respeto por el medio rural. Vamos a entender que la prevención de un incendio también empieza con pequeños gestos ciudadanos.

Y entonces, cuando nosotros estemos haciendo las cosas bien y la Administración no responda, tendremos todavía más fuerza para exigir que cumpla con su obligación.

Y quiero dejar algo muy claro: no estoy hablando de agricultores y ganaderos. La mayoría son precisamente quienes de verdad cuidan el campo. Son quienes están allí cada día, quienes conocen el territorio y quienes saben cuándo un camino está cerrado, cuándo una finca está abandonada, cuándo el pasto se ha acumulado demasiado o cuándo una zona necesita mantenimiento.

Hablo de los demás. De los que piamos y no hacemos. Porque piar es muy fácil. Hacer, bastante menos.

Yo misma estoy aprendiendo. Y gracias a personas como esa a la que enseñé el artículo estoy aprendiendo no solamente cómo debería empezar a gestionarse mejor el monte —porque para eso todavía me quedan años luz—, sino algo mucho más básico y quizá más importante: a respetarlo, a valorarlo y a mirarlo de otra manera.

Estoy aprendiendo que no basta con decir que nos gusta la naturaleza. Hay que conocerla.

Y cuando empiezas a conocerla, empiezas también a comprender que protegerla no consiste solamente en prohibir, ni solamente en limpiar, ni solamente en apagar incendios. Consiste en gestionar. Consiste en prevenir. Consiste en mantener actividades rurales que durante generaciones ayudaron a conservar el territorio. Consiste en escuchar a quien sabe. Y consiste también en tomar conciencia como ciudadanos.

Por supuesto que el cambio climático influye y hace que los incendios sean más peligrosos. Pero precisamente por eso la gestión forestal debería ser una prioridad absoluta. No puede convertirse en la única respuesta para justificar que cada año perdamos miles de hectáreas y, lo que es peor, vidas humanas.

Nuestros políticos tienen la responsabilidad de mirar más allá de la emergencia. No basta con aparecer cuando el incendio ya está declarado. Hay que invertir en prevención durante todo el año, apoyar al mundo rural, escuchar a quienes conocen el monte y cuidar el territorio antes de que llegue el verano.

Pero nosotros también tenemos una responsabilidad. Porque conservar un territorio no consiste solamente en exigir que alguien venga a cuidarlo. También consiste en cuidarlo.

El Infoca seguirá estando donde siempre está: dando la cara, arriesgando su vida y haciendo todo lo posible por salvar la nuestra. Pero ningún operativo, por preparado que esté, puede sustituir una buena gestión del monte. Y ningún plan de prevención puede funcionar completamente si quienes vivimos, trabajamos o disfrutamos de ese territorio pensamos que todo depende siempre de otro.

Andalucía no necesita más excusas. Necesita prevención, gestión, inversión y compromiso. Compromiso de las administraciones, de los ayuntamientos, con agricultores y ganaderos, de quienes legislan, pero también compromiso ciudadano.

Porque aquel mensaje de hace décadas sigue teniendo hoy más sentido que nunca: todos contra el fuego. Y todos significa exactamente eso: todos.

Porque el monte no empieza a cuidarse cuando llega el verano y, cuando el fuego empieza, ya hemos llegado tarde.



Cristina Fdez Rojo


 
 
 

Comentarios


bottom of page